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Ciberseguridad

Mountain Quest

Fuente: El Lado del Mal Publicado: 03/11/2026 · 05:55 UTC
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Ciberseguridad Mountain Quest
Imagen: El Lado del Mal

Me gusta mucho el con­cep­to de la “ Se­gun­da Mon­ta­ña ”. Esa que la gente que pone fin a su ca­rre­ra pro­fe­sio­nal se marca como ob­je­ti­vo. En­con­trar una se­gun­da mon­ta­ña re­quie­re co­rrer en tu vida la­bo­ral con la ca­be­za alta. No como los ju­ga­do­res chu­po­nes que sólo se miran los pies y la pe­lo­ta que lle­van entre ellos, co­rrien­do, co­rrien­do, co­rrien­do, re­ga­tean­do, para darse cuen­ta de que no han avan­za­do des­pués de diez re­ga­tes. No. A mí me gus­tan los otros. Los que lle­van la ca­be­za alta y miran al fu­tu­ro, para no per­der­se en el día a día y pen­sar si la ca­rre­ra que está ha­cien­do tiene o no sen­ti­do en cada mo­men­to, o ha lle­ga­do la hora de pasar la bola. Fi­gu­ra 1: Moun­tain Quest A mí me gusta mirar al fu­tu­ro. Siem­pre lo he hecho. Con an­ti­ci­pa­ción. No me ha gus­ta­do que la vida me pille como al ca­ma­rón, dor­mi­do. Siem­pre he pe­san­do que hay que gas­tar el tiem­po con sen­ti­do. Donde lo tie­nes que gas­tar en cada mo­men­to. Bus­can­do que el día que se acabe la pe­lí­cu­la hayas vi­vi­do una aven­tu­ra que a ti, y so­la­men­te a ti, te haya gus­ta­do. No vivir la peli de otros. No ser un actor se­cun­da­rio o un fi­gu­ran­te. No quie­ro ser otra ola en el océano, ni sólo otro grano de arena, que dice mi co­le­ga de Nueva Jer­sey . Con la edad que tengo, y la vida a la es­pal­da que he dis­fru­ta­do, pien­so mucho más en lo que sig­ni­fi­ca un año en mi vida. En cuá­les son las cosas que quie­ro hacer ese año, qué pro­yec­tos, qué co­mics, o si hay una nueva mon­ta­ña en la que en­fo­car­me. Ya hace tiem­po que hice el check-point de so­bre­vi­vir con el que me con­fi­gu­ré en mi ado­les­cen­cia. Ahora estoy a otras cosas. A hacer que el tiem­po cuen­te. Que cuen­te his­to­rias. Que me deje ci­ca­tri­ces, ta­tua­jes en el alma, y canas en la mi­ra­da. El pelo se hizo blan­co hace tiem­po. La vista se fue yendo línea a línea, pa­la­bra a pa­la­bra. La ener­gía la ate­so­ro como el que con­ser­va la ba­te­ría de un iPho­ne 4 . Me pongo en modo aho­rro de ener­gía para que aguan­te la se­ma­na. Se­ma­na a se­ma­na, que año tras año no he con­se­gui­do que sean menos in­ten­sas, sino lo con­tra­rio, por culpa de la ós­mo­sis. O algo si­mi­lar. Sigo a 220 , pero las cel­das de la ba­te­ría ya lle­van de­ma­sia­dos ci­clos de carga. De la ca­rro­ce­ría, pues tanto de lo mismo, el de­por­te se ha en­car­ga­do de de­jar­me las “ fu­gui­tas ” que que­dan tras ca­rre­ras de mu­chas zan­ca­das, caí­das por las mon­ta­ñas, re­tor­ci­mien­tos de li­ga­men­tos con pies ata­dos a una tabla y los sal­tos de ca­be­za con el skate , sin casco, por su­pues­to. Y ra­ba­di­lla las­ti­ma­da de caí­das en pa­ti­nes. Tam­bién los re­cuer­dos vuel­ven con fil­tros de otras épo­cas. Fotos po­la­roid, de fo­to­ma­tón, he­chas con mó­vi­les HTC , o re­cor­ta­das las es­qui­ni­tas en re­don­do. Con petos de pana, pelo a lo tazón, y gafas de es­tra­bis­mo. Re­cuer­dos de via­jes con barba y cinta a la ca­be­za. De no­ches per­si­guien­do la ma­dru­ga­da por las ca­lles de cual­quier ciu­dad de Es­pa­ña . Re­cuer­dos que cuan­do al­guien te los des­blo­quea se con­vier­ten en oro. Abra­zos de ami­gos que ya no están. O que están peor que la ba­te­ría del iPho­ne 7 que se quemó. He ate­so­ra­do mu­chas his­to­rias con ellos a lo largo de mi vida como para es­cri­bir va­rios li­bros. Y sí, me han ofre­ci­do ya va­rias veces es­cri­bir algún libro sobre esas cosas que apren­dí por el ca­mino, pero nunca he que­ri­do. Siem­pre pensé que era mejor vivir nue­vas aven­tu­ras que pa­rar­me a dejar mi cons­tan­cia de las vi­vi­das en el pa­sa­do. Tal vez por­que una de las cosas que pasan por mi ca­be­za son bo­rrar todo ras­tro de mi vida pú­bli­ca eli­mi­nan­do todo lo que he com­par­ti­do en In­ter­net al­gu­na vez, el día que de­ci­da pasar a vivir mi sép­ti­ma y úl­ti­ma vida. Lo cier­to es que, cada día me le­van­to feliz. No me im­por­ta nada lo que tenga que hacer o me haya su­ce­di­do. Me sien­to agra­de­ci­do de tener un día más para vi­vir­lo. Miro mis horas por de­lan­te, y pien­so en lo que voy a hacer con ellas. En por qué hago lo que hago ahora, pen­san­do en qué es lo que quie­ro dis­fru­tar hoy, y por qué la in­ver­sión en estas cosas me com­pen­sa. A pesar de haber via­ja­do mucho, aún me que­dan por hacer los via­jes que no hice.